Federico llegó a su Madrid tras suplicar por un espacio propio. Tras rehuir pensiones, hoteles, pisos de estudiantes. Le costó esfuerzo convencer a su padre de que el lugar era la Residencia de Estudiantes, de que necesitaba, como Virginia Woolf, esa habitación, ese lugar donde no interfiriera nadie y pudiera aprender de todos.

Desembarcó en 1919, conoció a Juan Ramón Jiménez y, tras zambullirse en el ambiente literario, aseguró que si no conseguía entrar en la Residencia de Estudiantes se tiraba “por el cubo de la Alhambra”. Lo consiguió gracias a grandes cartas de recomendación, con Fernando de los Ríos como padrino, con su trabajo como aval. Entró un joven poeta y salió el mejor de la época.

Ahora, cuando la Fundación García Lorca ya tiene espacio en Granada para su legado, Federico abandona la Residencia. Sus cartas, sus cuadros, los dos que le regaló Dalí y que se vendieron al Reina Sofía; sus miedos, sus poemas. Todo, por última vez, se expone en la Residencia hasta el próximo 27 de julio en la muestra Una habitación propia. Federico García Lorca en la Residencia de Estudiantes, 1919-1936 .

Federico García Lorca en el jardín de las adelfas de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 1919.

Federico García Lorca en el jardín de las adelfas de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 1919.

Él, nada más llegar a este lugar que le acogió más tiempo del esperado, conquistó rápidamente a sus compañeros de viaje. Empezó igual de rápido a escribir, a meterse de lleno en El maleficio de la mariposa. “Sigo contento -escribe en una carta a sus padres-. Ayer empezaron los ensayos y parece que la cosa se estrenará enseguida”. Así fue, y el 22 de marzo de 1920 se presentó en el Eslava y el fracaso fue rotundo. Sus grandes apuestas, La Argentinita, los decorados de Mignoni o la música de Grieg no consiguieron deslumbrar al patio de butacas. El público no entendió nada y Melchor Fernández Almagro aseguró que el problema radicaba en que “era el adelantado de un teatro distinto”. Un absoluto incomprendido.

Tras la humillación, tras el rechazo, el hermano de Lorca envío un telegrama a sus padres: “La obra no gustó. Todos coinciden, Federico es un gran poeta”. Como si hubiesen perdido una oportunidad pero les quedara otra. La falta de amor por parte del público no hizo quebrar a Lorca, pensó que su visión estética, que seguía defendiendo, era extraña para otros ojos, pero que era la acertada. No pensó nunca en tirar la toalla.

“¿Qué hago yo ahora en Granada? Escuchar muchas tonterías, muchas discusiones, muchas envidias y muchas canalladas (eso naturalmente no les pasa más que a los hombres que tienen talento). Aquí escribo, trabajo, leo, estudio. Este ambiente es maravilloso”, escribió. Y fue contundente con sus palabras, no se movió. Otra vez la necesidad de ese espacio propio.

Representación de Don Juan Tenorio en la Residencia de Estudiantes. Madrid, 1 de noviembre de 1920. Entre los actores, Federico García Lorca (primero por la izquierda) y Luis Buñuel (quinto por la izquierda).

Representación de Don Juan Tenorio en la Residencia de Estudiantes. Madrid, 1 de noviembre de 1920. Entre los actores, Federico García Lorca (primero por la izquierda) y Luis Buñuel (quinto por la izquierda).

Durante esa época publicó poemas en la revista España y la Pluma, Diálogo de la Residencia y participó en una especie de Don Juan Tenorio, con Luis Buñuel como protagonista. Fue con él con el que más trato tuvo y del que más le afectaban las críticas, las preguntas inoportunas. El director de cine contaría años más tarde que durante una de las tertulias de la Residencia le pidió a Lorca que saliera, que era importante. “¿Es verdad que eres maricón?”, le dijo. “Tú y yo hemos terminado para siempre”, le contestó Lorca. “Esa misma noche ya lo habíamos arreglado”, aseguraba Buñuel, que tenía más curiosidad que mala intención.

Fue el director uno de sus dos grandes pilares, el otro fue Dalí. El pintor sentía adoración por ese joven poeta. Por el granadino que en 1921 conseguiría que el crítico Adolfo Salazar le dedicara estas líneas: “Es curioso observar el progreso continuo y firme que se muestra en sus versos conforme la fecha avanza, y es esto lo que autorizaría, de no saberse ya cuál es la categoría de este poeta, a ver en él una promesa del granar más rico”.

La exposición hace hincapié en todas esas cartas, en todas las críticas, en su evolución. Pero también en las relaciones personales que el poeta desarrolló durante su estancia y que mantuvo durante años. Hablan de Emilio Prados y una especie de pasión entre ambos, de Pepín Bello. De cómo ese lugar le cambió la vida y él consiguió cambiar la de los demás. Cómo, durante su estancia, escuchó a Einstein, a Marie Curie, dibujó, pintó, escribió y peleó con fuerza.

Dejó el lugar pero nunca se desvinculó del todo. Años más tarde volvería a estar ligado con la causa de la Residencia. Volvería, esta vez, a dar él las conferencias. Cuando Rafael Alberti la visitó años más tarde, en 1959, no tardó en asegurar que Federico seguía allí “alborotando celdas y jardines”.


La exposición Una habitación propia. Federico García Lorca en la Residencia de Estudiantes, 1919-1936  se podrá visitar desde el 14 de junio hasta el próximo 27 de julio en la Residencia de Estudiantes de Madrid.